DANZABIERTA

El sello elegante de la danza cubana

Mercedes Borges Bartutis • La Habana

 

Dentro del amplio panorama de la danza mundial, los cubanos llegamos con cierto retrazo al inmenso mapa que fue creando la danza moderna, en las primeras décadas del siglo XX. Ramiro Guerra, fundador de la danza en la Isla, tuvo que enfrentarse no solo a los prejuicios que tenía el público cubano respecto a la danza en los años 50, cuando realizó sus primeras presentaciones en solitario, sino también a la presencia del Ballet Alicia Alonso, compañía que ya había sentado pautas y le dio un status al arte de las puntas en el país.

Hoy la danza cubana tiene un camino recorrido. En los años 80 se restablece el discurso del arte cubano, que estuvo paralizado bajo la sombra del llamado período gris, recrudecido en la década de los 70. En este panorama se inserta un fenómeno al que he denominado Nueva Ola de la Danza Cubana. Ubicado a finales de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo, la Nueva Ola fue un despertar en los coreógrafos cubanos, y nos legó una buena cantidad de pequeñas compañías, que reflejaban en sus espectáculos el latir de la sociedad cubana, los conflictos de una época.

La mayoría de aquellos grupos se desprendieron de Danza Contemporánea de Cuba, allí se gestó la base para todo lo que vino después en la danza de nuestro país, y fue la primera gran experiencia para Marianela Boán, en mi opinión, la creadora más exitosa que hemos tenido en Cuba.

En 1988, Marianela Boán abandona Danza Contemporánea de Cuba y unida a Víctor Varela crea DanzAbierta, una propuesta que, con los años, aportó los espectáculos de gran formato más hermosos que ha tenido la danza cubana.

Boán había dejado, en su última etapa de Danza Contemporánea de Cuba, dos títulos primordiales: Teoría de Conjunto (1985), pieza que mostraba al individuo marginado socialmente, y El cruce sobre el Niágara (1987), un ballet, como a ella le gustaba decir, basado en la obra homónima del peruano Alonso Alegría, que marcó un profundo cambio en esta creadora y se convirtió en un clásico de la danza cubana. El cruce… es una coreografía que, a pesar de tener como soporte un texto teatral, concentra su fuerza escénica en la energía física de dos bailarines casi desnudos en el escenario. El cruce… fue determinante para el cambio que estaba ocurriendo en esta mujer. Marianela estuvo involucrada en un taller de creación con actores jóvenes, realizado por el maestro Vicente Revuelta. Allí conoció a Víctor Varela, quien más tarde se convirtió en un protagonista de la escena cubana, con su Teatro del Obstáculo. Marianela y Víctor fueron elementos determinantes, en el desarrollo de las artes escénicas de la Isla. La sala de la pequeña casa de Marianela, se transformó en un escenario que mostró los primeros experimentos de Víctor Varela: Los gatos (1985) y La cuarta pared (1988).

Sin proponérselo, Marianela Boán fue la cuerda salvadora que propició un profundo cambio en el panorama teatral cubano de finales de los 80. La cuarta pared fue una “piedra de escándalo” y rápidamente la bautizaron  como “algo raro”.

Era un espectáculo extraverbal, producido sin auspicio de institución alguna, desde la más absoluta precariedad, presentado en un apartamento particular reducido, en el que solo había capacidad para ocho espectadores por función (…) Sin duda, la puesta convertida en testimonio de la quietud y el aletargamiento que imperaba en una gran zona de la escena nacional, ponía al centro del debate teatral la voz de una nueva generación que expresaba sus propios temas mediante un instrumental autónomo, elaborado a partir de la consciente relectura de las más diversas fuentes de la tradición.[1]

Con estos antecedentes Marianela crea DanzAbierta. Ella se rodeó de bailarines jóvenes y presentó su laboratorio en diciembre de 1988. 

El inicio de un camino…

La coreografía, ya se sabe, es un arte muy complejo. El gran problema de la danza hoy, como casi siempre, es el de encontrar buenos coreógrafos. El arte coreográfico es complicado, variado y altamente especializado. Tal como el mundo del teatro gira alrededor del dramaturgo, el mundo de la danza gira alrededor del coreógrafo.

La danza cubana tuvo, por suerte, a Marianela Boán, una coreógrafa que siempre produjo obras de gran empaque, una mujer determinante para la historia de la danza en esta Isla. Digámoslo claro: la vitalidad de Marianela Boán, su capacidad de invención, dejó a la zaga al resto de los creadores cubanos, en materia de danza. Todavía hoy, no ha surgido un coreógrafo que supere el trabajo legado por Marianela Boán, para la cultura cubana.

Ya sabemos que la danza no puede ser ajena a su época y, sin temor a equivocarme, los últimos años de la década de los 80 y los primeros de los 90, fue el período más rico de la danza cubana, porque los grupos eran células dinámicas de creación y comprometidas con lo que sucedía socialmente en el país.

Marianela Boán se propuso con su DanzAbierta agredir al espectador, decodificar sus hábitos y mover su pensamiento. Así puso una nota diferente en el “gran concierto” de la danza cubana del momento. Seguidora de la obra de Pina Bausch y Eugenio Barba, Marianela se insertó en la llamada danza-teatro y le dio a su grupo, en una primera etapa, títulos como Sin permiso, Locomoción, Antígona, y Retorna. Le dio también un entrenamiento diferente con el contact improvisation, a través de Gabri Christa[2], bailarina de Curazao formada en Holanda. Gabri recibió entrenamiento con la escuela de Trisha Brown y vivió en Cuba, donde trabajó con DanzAbierta en los primeros años, invitada por Marianela. Gabri Christa aportó a DanzAbierta un título bien interesante como Un árbol poco vibratorio.

Los integrantes de DanzAbierta se entrenaron, además, con el método Volando Bajo, de David Zambrano, entre otras muchas opciones alternativas de movimiento.

La propia Marianela escribió lo que significó aquel comienzo para ella como creadora:

1988. Explosión del arte joven en Cuba. El teatro y la danza también rompiendo cánones aunque más tímidamente, todos comprometiéndonos cada vez más con la realidad real, con la realidad no TV, no ideal, viendo al hombre desde otros ángulos, sacando a la luz las preguntas ocultas de todos, preguntando en alta voz sobre el coro de susurros. (…) Mi generación viniendo de viejos instrumentos expresivos que habían retrocedido aún más cuando el duro golpe a la cultura de los años setenta. (…) Ramiro Guerra desapareciendo con su vanguardia, recogiendo sus iconos, sus osadas experiencias y guardándolas dolorosamente para nosotros en la memoria que la recuperaría en los años ochenta. Y yo abierta y recibiendo estímulos, pero en mis manos la danza dormida de los años cincuenta. Redescubriendo en los ochenta los sesenta del mundo. Descubriendo veinte años después en mi propia madurez las tendencias de una vanguardia que ya había cristalizado.[3]

A veces en los laboratorios la química es muy efímera. Para Marianela y su grupo surgió una etapa de crisis. Fue para ella, un período de trabajo en solitario bajo el mismo rótulo de DanzAbierta. De esa época se recuerdan piezas como Fast Food, Gaviota, La carta, y Últimos días de una casa. Estos espectáculos confirmaron el potencial creador de Marianela Boán. Pero ese momento oscuro de DanzAbierta fue superado con la reconciliación de Marianela y su grupo, para crear espectáculos superiores.

También por esta época, Marianela Boán creó Degas para el Ballet Nacional de Cuba. Esta fue una pieza que, lamentablemente, se bailó poco en esta compañía, pero que anotaba un punto bien diferente en la manera de hacer de esta coreógrafa cubana.

En 1996, DanzAbierta estrena El pez de la torre nada en el asfalto, su primer espectáculo de gran formato que duró toda una velada.  El éxito fue rotundo y el número de seguidores de DanzAbierta superó todas las expectativas. En El pez de la torre… el eje fundamental es el cubano en un momento de crisis. La pieza utilizó bailes populares cubanos, elementos del cabaret y los mezcló con las técnicas postmodernas. A sus nuevos experimentos, Marianela Boán le llamó danza contaminada, que según ella era “una mezcla brutal de lenguajes”.

La reflexión de El pez de la torre… puso sobre el tapete situaciones límites de la sociedad cubana, que otros creadores de danza no tocaban ni de manera superficial. Luego aparecieron espectáculos que se movían en la misma estética: El árbol y el camino  (1998) y Chorus Perpetuus (2001).

El árbol y el camino fue una especie de historia de la humanidad, sintetizada en los experimentos sociales. Boán tenía mucha urgencia de expresar su opinión sobre el fin de siglo. Fue un ejercicio fuerte para los bailarines, y también el público se enfrentó a un espectáculo más agresivo. Aunque la obra por momentos se hacía larga, tuvo un éxito inmenso y sirvió de puente para lo que vendría después.

En 1999, Marianela retomó una vieja idea y le regaló su versión de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, a Danza Contemporánea de Cuba por sus cuarenta años de fundada. La música, original de Roberto Carcasés, era interpretada en vivo por este magnífico pianista cubano. Fue una obra que rompió con los cánones de las creaciones anteriores de la Boán. La coreógrafa volvió sobre el tema un año después, y creó Blanche Dubois, unipersonal que fue interpretado por ella misma. Blanche Dubois salía de sus moldes tradicionales para convertirse en mujeres con diferentes situaciones y épocas.

Cuando llegó abril de 2001, los cubanos asistimos al estreno del Chorus Perpetuus, el espectáculo que cerró una fecunda etapa de creación para Marianela Boán. Chorus Perpetuus es una obra minimalista, que concentra su fuerza escénica en las potencialidades de los bailarines, en su capacidad de matizar y dosificar la emoción, el mensaje, el humor, la crisis. En el escenario solo aparecen seis bailarines unidos por unos elásticos, el diseño de luces, las voces, y una situación bien específica. Sin embargo, todo fluye y el espectáculo se hace grande, crece en medidas desproporcionadas, para mover la inteligencia del espectador más ingenuo.

Esta vez Marianela puso un poco de su trabajo anterior y también marcó la diferencia, con El pez de la torre… y El árbol…. Desde Retorna (1992), una pieza cuyo tema era una reflexión sobre el espacio que le otorgamos a “lo cubano” en la vida y en el arte, los intérpretes de DanzAbierta asumieron el canto como otra posibilidad de explotar en la escena. En la conferencia magistral, que ofreciera Marianela en el Centro Cultural de España, a propósito de aquel estreno, la coreógrafa expresó:

Con el Chorus Perpetuus comprobé que mi tema es lo épico. Soy muy utópica. Quiero salvar la ciudad, me interesa la sociedad. Sobre todo el grupo y el individuo, los niveles de libertad. Cuando me di cuenta, que el centro de mi obra era un coro de personas amarradas, me pareció que la idea era esencial, no solo para Cuba, sino para el mundo. ¿Qué pasa realmente? Estamos amarrados. El individuo puede estar suelto y cantar su melodía. Lo único que podemos tener como seres humanos es libertad dentro del coro, no más.

Fue el broche de oro para cerrar un ciclo de creación. Un tiempo después, la coreógrafa decidió explorar otros caminos para continuar su obra. Marianela Boán le aportó a la danza cubana un estudio serio de la gestualidad del cubano, que ofrece un vocabulario singular. DanzAbierta era básicamente una compañía de autor, a pesar de la participación colectiva de sus miembros en la creación de los espectáculos. El lujoso empaque que aportaba Marianela Boán a sus piezas era un cuño de garantía con el que salían las obras de este grupo al escenario. Marianela instauró una especie de marca DanzAbierta, que siempre tuvo un público garantizado, un público que asistía a sus espectáculos dispuesto a consumir hasta la última gota de danza. 

DanzAbierta, otra etapa…

Actualmente DanzAbierta se mantiene colocando estrenos en cartelera. Un guión, bajo el título de El arte de la fuga, firmado por su actual manager, Guido Gali, obtuvo uno de los premios que promociona la Agencia de Cooperación Española y la Embajada de España en Cuba.

Un punto interesante en los últimos años fue el estreno Made in Havana, un espectáculo con crédito del alemán Norbert Servos, estrenado en el 2004. Con música de X Alfonso, un permanente colaborador de DanzAbierta, Made in Havana nos devolvió una compañía segura y con un alto nivel de interpretación.

Lo mismo sucede con Malson, su más reciente espectáculo bajo la dirección general de Susana Pous. Estrenada recientemente en el Teatro Mella, de la capital cubana, Malson moviliza al espectador desde el mismo comienzo. En los cuerpos de los bailarines el movimiento vuelve a DanzAbierta y exige el máximo de cada uno de ellos. Susana Pous abre su Malson con secuencias bien atractivas y tiene claro que la danza de estos tiempos hay que reinventarla, redescubrirla, porque todo está dicho, lo que tratemos de decir en lo adelante, tendrá que estar bien pensado y ser interesante para llamar la atención de los maltratados espectadores, saturados por las mismas representaciones. Justo ahí, Susana Pous anota su primer punto, con esta coreografía, y permite pensar en un discurso con encuentros y desilusiones, sujetos atrapados en la seducción de la vida, que aún difícil se hace hermosa y encantadora.

Un punto y aparte, en Malson, es para X Alfonso, quien se quita su toga de hombre famoso para plegarse al equipo de creación. X aporta la banda sonora. Esta vez menos elaborada pero más en función de la danza, la música apuntala la coreografía y la sostiene firme en todos sus giros y progresos.

La propuesta de Malson, en el trabajo de las imágenes, establece una pauta difícil de superar. Por primera vez, en la danza cubana, la imagen es protagonista y a la vez apoyatura de la coreografía, sin que interfiera del todo. Utilizada como soporte cinematográfico, las imágenes llevan la historia, la hacen fuerte y nos muestra en pocos minutos esa nación que somos.

La salida de Marianela Boán influyó en la situación que tuvo después DanzAbierta. Sus integrantes no lograban mantener el rigor que tuvieron sus puestas en escena. Sin embargo, con el estreno de Malson se nota el gran salto que ha tenido la compañía. Con sus filas renovadas y una nueva imagen, Guido Gali ha retomado el mando, y ha encontrado el camino. Le ha costado trabajo, pero ya está de vuelta con su compañía DanzAbierta, que definitivamente respecto a la DanzAbierta de Marianela Boán[4], no puede ser punto de comparación, sino de continuidad, pero también de cambio.

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