MARIANELA BOÁN: REGRESAR CON UN PASO DE DANZA

 

Por Norge Espinosa Mendoza

 

Regreso al espejo de DanzAbierta

Volvió Marianela Boán para reencontrarse con sus espectadores, para descubrir que su nombre y la huella de lo que fundó como DanzAbierta en 1987 pervive en la memoria del público cubano como un símbolo de provocación, como un gesto que al danzarse, no elude la importancia del discurso, del pensamiento, de la voluntad incitadora a una mayor nitidez en el valor mismo del baile y su impacto en quienes lo aplauden. Tras varios años de búsqueda, experimentación, estrenos, cuestionamientos y replanteos en los Estados Unidos de América y ahora en República Dominicana, la creadora de El pez de la torre nada en el asfalto, Una cuna, Fastfood, Autorretrato con escalera de caracol y Chorus Perpetuus, entre muchas piezas memorables, retorna con una de las coreografías que ha proyectado en ese cercano país del Caribe, tras un paso fugaz que la condujo a uno de los talleres que, para la formación de coreógrafos, bailarines y especialistas, vienen sucediéndose cada dos años en la ciudad de Manzanillo. La sola presencia de esta mujer, su energía, la calidad siempre retadora de lo que propone, ha sido la clave mayor de la Plataforma DanzaCubabaila, organizada por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, como un espacio de confrontación que, de repetirse, ojalá amplíe sus coordenadas hacia otras aristas de nuestro ámbito danzario, manteniendo el mismo carácter de encuentro y superación que ha caracterizado su primera y exitosa convocatoria.

Si algo puede decirse con certeza alrededor de Marianela Boán, es que se trata de una mujer que sigue el pulso de su tiempo. Que lo entiende y lo recombina progresivamente, con el ánimo mayor de discutirlo, antes que de contemplarlo edulcoradamente. Desde los años de formación en la ENA y su paso posterior por Danza Contemporánea de Cuba, asimiló tradiciones no solo danzarias, sino también teatrales, literarias, pictóricas, que le hicieron cuestionarse la inamovilidad de muchas convenciones. En perfecta sintonía con los creadores más perspicaces de su momento, la Boán aparecía lo mismo en un taller impartido por el gran teatrista cubano Vicente Revuelta, que amparando al joven director Víctor Varela para que en la sala de su propia casa llegaran los ocho espectadores que, noche tras noche, acudían al ritual que cambió la faz del teatro nacional en los 80: La cuarta pared. Y al mismo tiempo, era una de las bailarinas de Godot, la pieza que el propio Víctor coreografiara, o bailaba una obra de Gabri Christa, para incorporar luego toda esa savia en su propia creación. Ramiro Guerra fue una suerte de compás en esos instantes, y del maestro de la danza moderna en la Isla aprendió el arte inquieto de la inconformidad, para ir imaginando su mosaico personal, en el que cada vez más los bailarines iban quebrantando límites, y empezaron a cantar, a hacer ellos mismos la música y sonidos sobre los cuales danzaban, a dialogar entre ellos y el público, borrando la división entre proscenio y lunetario. La trayectoria de DanzAbierta, que arrancó en 1987 con Sin permiso, se dilató en lo que varios de sus integrantes también aportaron como coreógrafos, y el talento de José Antonio Hevia fue también responsable de provocaciones tan recordadas como Desnuda, en 1990.

El núcleo que llegó a los estrenos de El pez de la torre nada en el asfalto, El árbol y el camino y Chorus Perpetuus, era un

sólido conjunto de personalidades que aportaban sus biografías y sus ideas en complicidad exacta con las propuestas de la figura líder. Maylín, Alexander, Pepito, Grettel, Owen, Manfugás… se mezclaban y se dividían una y otra vez, lo mismo en esas piezas de toda una noche que en otros fragmentos como Antígona, confirmándose ante los espectadores como esa vibración tan particular y necesaria que era, en aquel panorama DanzAbierta. La salida hacia los Estados Unidos de la Boán, en pos de nuevas experiencias, desencadenó ciertas tensiones en el equipo que permaneció en Cuba, y a través de espectáculos como Drink, smoke, made in Havana o El arte de la fuga, se pudo percibir cómo luchaba DanzAbierta por sobrevivir a un golpe tan grave como la ausencia de la figura central, al tiempo que intentaba no perder su esencia. Habría que esperar a Malson, creado por la artista española radicada en Cuba Susana Pous para que DanzAbierta curase en

salud esos desequilibrios y volviera a incorporarse como una señal de alerta a los escenarios más interesantes de la cultura en el país. Ese es el instante en el que ahora, celebrando los 25 años de su fundación, DanzAbierta se mira en el espejo de Malson y Showroom, en los ojos de una Marianela Boán que ahora, además de madre de ese concepto, lo enfrenta desde el rol de espectadora para nada ingenua.

Una postal en el reverso del Caribe

Como una postal fijada en el reverso de ese Caribe que quiere anunciarse, pese a todo, como un paraíso poblado de tentaciones vivientes, Caribe Deluxe, la propuesta que Marianela Boán trae a Cuba a pocos días de su estreno en Santo Domingo, es la carta de presentación de esta nueva época de trabajo suyo. Toda una generación que supo de ella en tanto leyenda viviente, pudo ahora contemplar y analizar un ejemplo de su quehacer, y afortunadamente, en esta pieza esa esencia que la Boán llegó a mostrar como perfil está bien a la vista, como un eco palpable de lo que fuera su desempeño como líder de DanzAbierta, como muestra veraz del carácter que ella ha sido y es en la escena cubana de estos tiempos. La distancia, el riesgo de buscarse un sitio en un espacio tan competitivo como la danza norteamericana, la exploración en el diálogo de la coreografía con nuevos medios tecnológicos, no desnaturalizó las claves de indagación que siempre fueron

suyas, y ahora, en Caribe Deluxe, ella se confirma como una fundadora capaz de reinventarse a sí misma en cualquier espacio, obrando desde un paisaje donde activar la danza según la perspectiva que ella protagoniza, ha significado comenzar casi desde cero, para acercarse ahora con bailarines entrenados en ese estilo Boán que borra clasificaciones, que rehúye el vacío de lo simplemente virtuoso, para obrar como un acto que se niega a la indiferencia.

El Caribe, en esta pieza, son los cuerpos de estos bailarines. Mestizos, seductores, cuerpos perfectos/imperfectos que con sus energías y presencias, apoyados en escasos elementos de vestuario, pretenden cautivarnos y al mismo tiempo, alertarnos sobre lo que oculta ese entorno aparentemente paradisíaco. Para la coreógrafa, el Caribe es un mapa de peligros e ideas que saben disfrazarse en una costra tan falsa como luminosa. La obra comienza en los alrededores del teatro, con los intérpretes dialogando con el público, advirtiéndoles sobre robos, persiguiendo a presuntos ladrones que están entre ellos mismos, al tiempo que flirteando de alguna manera, solapada o descarada, con esos espectadores que son parte ya del espectáculo, en un rejuego que me recordó el prólogo de El pez de la torre… cuando los bailarines que en aquel tiempo eran DanzAbierta entraban al Mella ofreciendo intercambios tan surrealistas como aquella época: malanga por un

vestido: frase que se hizo célebre. Caribe Deluxe existe en secuencia ininterrumpida con aquellas producciones, con el tono y la ironía de aquellas piezas en las cuales el placer de la danza no escamoteaba las amarguras de un presente que sabía elevarse por encima de la mera crónica. 

A lo largo de Caribe…, esos bailarines narrarán/mostrarán/descompondrán actos de seducción y violencia. Reinvindicarán la bachata como “himno nacional”, cantando una de las más famosas y danzando sobre sus compases, para lograr un minuto de sosiego entre los falsos comerciales que venden pareos de efecto mágico en las mujeres que los luzcan (sobre todo las extranjeras) si salen con ellos a las playas de este lado del mundo. Los pareos mismos, única pieza que a través de una intensa gama de colores, se vuelven elementos recurrentes en la coreografía, tendrán ese propósito, pero se convertirán en objetos que más que vestir, desnudan las intenciones de quienes los portan: con ellos se atarán los intérpretes, serán enlazados los unos a los otros, y esas dos mujeres y esos cuatro hombres que son Caribe Deluxe (Erick Roque, Rafael Morla, Evelyn Tejeda, Dayme del Toro, Anubis Arias, Yojanel Bruno Colón), flotarán sobre ellos, “islas

flotantes”, piezas y cuerpos flotantes de un Caribe que se reinventa aún siendo amenazado. La obra, que cuenta con música en vivo a cargo de Fabrizio Guzmán, alterna con inteligencia, desde su estructuración dramatúrgica, esos momentos de violenta dinámica, con otros más reposados. La función que pudo presenciarse en La Habana, en una sala Raquel Revuelta abarrotada, resultó insuficiente para todos aquellos que quisieron presenciar el espectáculo, y aunque no exenta de los inevitables tropiezos de todo debut, demostró que el poderío de la Boán sigue intacto, capaz de trasladarse a estos otros cuerpos, en los cuales la sensualidad, el desacato y el desafío son mezclados desde la propia voluntad sanguínea de quienes son, perviven y discuten la propuesta.

Este es el tercer capítulo de la etapa dominicana de la Boán, precedido por otros empeños en los cuales el proyecto ProDanCo ha ido asegurándose en todo lo que la coreógrafa exige a sus miembros. Incorporando sonoridades caribeñas y techno, bailes y ritmos locales procesados junto a lenguajes de entera modernidad danzaria, privilegiando la comunicación y el reajuste de ideas ante que la mansedumbre contemplativa, ella ha sido capaz de mirar al país en el cual halló una posibilidad de regresar a estas latitudes, para asumir problemáticas que en modo alguno quedan reducidas a ese paisaje. Cuba es también parte de ese falso Caribe, y las diferencias son solo de grados, porque bajo la misma intensidad de colorido, podemos repetir esos cuestionamientos. Una y otra vez, Marianela deconstruye esos secuestros, conatos de robo, agresiones, y abrazos no para repetir la metáfora en variantes inútiles, sino para potenciarla como señal de alerta. El

Caribe, repito, son esos cuerpos. Tan frágiles, hermosos, venidos a menos o transgresores a conciencia o no, como lo pueden ser los que ocupan el espacio del público.

Es una suerte que Marianela Boán haya emprendido el regreso a Cuba. Que venga y ofrezca talleres, se encuentre con maestros como Ramiro Guerra, con quienes fueron sus colegas en Danza Contemporánea de Cuba y en DanzAbierta. Que encuentre espectadores dispuestos a entenderla no como pieza de museo, sino como creadora que todavía puede provocarlos de un modo que no se reduzca a lo que discutimos y aplaudimos sobre la danza. Que es capaz, como demuestra este espectáculo que ojalá retorne a la Isla en una temporada y venga acompañado de alguno de los que le preceden, de explicar con transparencia el rol y el compromiso que esta mujer piensa para sí y para el arte que domina. Una suerte mayor será el que Cuba le permita hacer más sólido ese puente, favoreciendo su talento como enlace que beneficiará a la danza y la cultura cubana, en ese empeño no siempre bien atendido que es el de mantener contacto con figuras de indudable importancia y que, radicados dondequiera que estén, siguen pensando en Cuba y en cubano, como personajes de esta misma historia sin apelar a falsos actos de distanciamiento o pertenencia.

Marianela Boán no ha regresado a Cuba para que la reencontremos, sino para reencontrarse, en la memoria de su paso y en el aplauso de quienes hemos querido no olvidarla. Hora es de que el Premio Nacional de Danza esté en sus manos, como lo está en las de Carlos Acosta, quien, desde otros tantos escenarios del mundo, es orgullo seguro de los cubanos. Por ahora, el premio mayor será verla volver, y no cejar en esa idea. Dueña de un mundo de árboles, caminos, peces, cuerpos, cunas, islas y poesía que rehúye las poses de lo lírico, sabe que atravesar el mar no le está prohibido. Mucho menos este mar del Caribe, poblado de corales y bestias disimuladas por la espuma. Con un paso de danza, ella ha sabido decirnos de qué modo nunca ha sabido decirnos de qué modo nunca ha dejado de estar entre nosotros.

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